lunes, febrero 09, 2009

XXV (en casa)

De nuevo ha vuelto, pero está rabiosamente mohína: llamemos a la farmacia, urjamos los brebajes y alfileres. En volteretas tramemos la huída del pez en su estante de adorno. Aerobias eternas nos han cosido los sueños al piso. Reos y genes circulan en nuestro tálamo, yo vivía en el estómago de los retratos, y en la víspera de las esquinas, me vestían con el cuerpo de una mujer canguro que tostaba su frente en la desidia. Era murciélago anémico, sin capa. Es notorio cuando vuelves y las muñecas crepitan, sueltan sus gritos de péndulo, de antaño. Ambas, locura y helio, talamos árboles, y reforestamos lágrimas. Se hace tarde en las palabras, las estaciones se dejan meter manijas; pero nosotras vamos por el orbe masticando las horas y cada vez hay menos niñas que violar, todas van creciendo y se vuelven ninfómanas.

miércoles, enero 28, 2009

XXIV (ausencia)

Mis versos eran una mesa quirúrgica. Repartía incisiones desde el manzano. Los bisturíes hacían sus barahúndas proletarias y pedían un día de guardar. Yo azotaba sus filos a mi vientre hasta quedar vacua, bífida.
Ella compartía sus escombros, su fuente de anélidos, su melancolía flotante.
Hace tanto que no mastico su sexo ni violamos muñecas. Ya no vendrá, he destruido su templo, los gritos son ramas fibrosas, marcas —putos jeroglíficos— sin esputo. Los tranvías Mujer, ¡los descarriados caminos relinchan polidipsicos! Solía construirte las palabras náuticas desde mis carriles. Cuando era tripas y tu voz recóndita me acercaba a los sismos.

lunes, noviembre 17, 2008

XXIII (Estación I)

la muerte se muere de risa pero la vida
se muere de llanto pero la muerte pero la vida
pero nada nada nada

Alejandra Pizarnik


Había olvidado el rostro en la ciudad de mi infancia, mientras tantas plegarias transitan esófagos y nos mentimos todos a corto plazo. Mi cuerpo tartamudeaba al compás de los voltios; ellos no hablarán jamás de la sordera lúdica en vientres y báculos, ni de la lluvia que fermenta el grito acunado en las camisas de fuerza.
Habrá miedo en los inviernos y la cosecha contemplará hambre mordiéndose los dedos. Cada tanto mi cuerpo reposará en las sogas, sepultará verborreas, andará descalzo, camuflará su mandíbula de hiena, cada tanto, el edificio sin orejas me alejará del helio de los suburbios.
Y otro tanto, volveré al caos disfrazada de cordura, a vomitar el irrefrenable silencio que me dejan las palabras.

domingo, octubre 26, 2008

XXII (rejillas)

♫Don't let yourself go,
everybody cries and
everybody hurts sometimes.♫
R.E.M.
Cuando la gula venga a la dentadura de nuestro hogar, no le tientes tus manos, puede devorar los mapas de las plegarias de Júpiter; y la discordia entre los palillos de muelas disculpar el vacío de los hijos de la madrugada. Cuando sea histeria y olvide la rotación de la cordura en mis voces extraviadas.
Ese momento, será mutismo y cobardía, pues las sombras se irán dispersando por los huesos, y querrán regresar a la fosa común de los destrozados, porque cuando hubo luz, el hombre se dio cuenta que la oscuridad existe y mata, gobierna y tala los troncos llenitos de eutanasias.
Si comparo a la hormiga que comí hace media hora y los loros proclamando sus cánticos predecibles dentro de sus jaulas de piel de viejas regordetas y anacrónicas; la hormiga le viene bien al gástrico reposo de mis muslos.
Si permuto mi cabeza con el amor inexorable de los padres-tierra, tal vez salve alguna meninge, tal vez siga fecundando sin erección de la multitud, mi calabaza llena de botones; mi animosa mandíbula de Minos.
Todos construimos la desgracia donde gritamos protestas insanas. Nosotros, el odio, los eslabones de la sociedad.
Si el del penthouse está sólo con el frigorífico lleno y la nostalgia vacía de tanto darle vuelta como un vaso de licor donde Baco nos degusta hipotálamos, delirius y el reflejo pagano de una lámpara en las mesas. Prefiero al mendigo que une el calor de los cuerpos, que remeda un calzoncillo desgastado y nutrido de espermas, prefiero la nostalgia frente a una boca enlutada, y las caricias recién nacidas en los tachos de la lujuria.
Somos pecado e inocencia, maldad y honestidad. Y todo el mundo sufre, a veces.

viernes, octubre 10, 2008

XXI (Helio y carne)


Veo omóplatos y vértebras, tu mialgia desde los péndulos, imposibles, entrenzados, nicotinizados. Soy la mujer que levita en las noches blancas, en las sinagogas de los desnutridos, en las frentes de los mártires. Tengo pulgas que deambulan en mis goteras, a cuatro ruedas siempre, a decibeles neuróticos. He fumado el alma de mi sangre a punta de catéteres. Pero esta nínfula de cuerpo histriónico ha marchitado su vaivén necrófilo.
En las tardes me raptan a iglesias, colocan crucifijos en mis senos, como si fuera Sodoma o la codicia de la siembra en los inviernos. Somos dos úteros en las alcancías de los niños que hacen malabares en las calles. Somos, y no dejan que la gula se injerte en mis encías. Todos, inclusive tú, pretendes que ella salga de mi garganta. Imposible dejarme huérfana. Soy el helio. Soy la sombra de su sombra. La podredumbre lógica del matemático. Las dos hemos vivido juntas desde que vimos la oscuridad cuando gemimos al final del túnel, allí en esa vagina mutilada, bendita.

XX (plegaria)

No soy dueña de mis pulgares. Hágase tu voluntad madre tierra porque me das de vestir y comer cada día. A veces quisiera morir de frío y gritar de hambre. Hágase tu voluntad vientre caducado, estás formando la madera de mi caja de fósforos. Hágase tu voluntad piedad de todas las piedades, sigamos en nuestra juerga, que mientras intentas salvarme yo me tiro del quinto piso. Hágase la bilis en mi lengua, pero calle las traiciones de las rejas. No soy dueña de este cuerpo, siempre ha sido tuyo, desde el ojo descarriado hasta los pies faltos de raíces. Hágase tu voluntad porque me pariste. Yo me coloco de pie, mientras me das la corbata y tus miedos. La suma de genes me hace ser tú. Y ya me cansa ser migaja. Me desprendo de tus elegías, respeta las marcas de mis manos, que serán la colección en los tiempos de las vacas flacas.

jueves, agosto 21, 2008

XIX (la casa del brujo)

“Se llamaba Soledad y estaba sola”
Joaquín Sabina


El helio no basta en los dardos hacia la cruz. El brujo sacrifica su miocardio y en la fase REM Satanás le reclama sus desventuras.
Los hombres de palabras esnóbicas viven en una sucursal de manicomios y mandiles. No importan ellos, ni la hiena triste que sucumba en mi lengua. No vale colgarse antes de tiempo como péndulos de mercado. Mi cuerpo reposará en los lagos de sus pómulos, hasta que la vena estalle cercando los nervios. El problema de querer morirse es que ella hace caso omiso a los desventurados, cómo un niño malcriado que destruye las ruedas de su ferrocarril-alma. El problema de la locura en los puños no es el Parkinson retrógrado, ni mi madre multiplicada en los estanques, la problemática está en los cuernos del que pretende venderme cual periódico en las esquinas. El hastío es mi estómago y su complejo de piedra, su mofa a mi tiempo de cigüeña en las farmacias, las sobredosis sirven de abrigo, y el invierno se masturba con las cicatrices en las muñecas de esqueletos sobrepoblados de tuercas.
La muerte se divierte viéndome morder uñas y coleccionar ósculos beodos en los cajones. Sabe de la tragedia de mi injerto que palpita en las sienes. Ella sabe del monstruo que vive en mis lunares. Cercarla siempre ha sido mi cigarro luego de perforar mis sueños. ¿Y qué son los sueños sino la codicia del Yo en la penumbra? ¿Y qué son las manos sino alas atrofiadas? ¿Y qué son los seniles gesticulando culpas en la casa de piedra del descalzo, sino el tiempo caducado en sus arrugas, el arrepentimiento de haber sido herejes una mañana en los retratos?
Hay mutismos en mi cerebro. La raíz se pudre. No sirven las calorías de los que rodean mi ventana. Ellos no lucharán por mí, la dueña de los gritos abandonó el color de los árboles y el suspiro de los dientes desgranados del maizal. ¿Y qué, si prefiero aguantar el oxigeno en los alvéolos? ¿Y qué si quiero decir adiós? Pero ustedes me atan a la gracia de vivir desgraciada, lírica, poseída de nínfulas, derribada en el catre sin poder atrapar al Hades de las veredas.